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Artículo: Viviana Reyes Bustamante

Hace unos días escuché la entrevista de una humorista chilena en internet. Quienes suelen oírla están acostumbrados a sus historias graciosas y a su risa estridente. Por eso impactaba verla en otra faceta, relatando con angustia, que había sido víctima de violencia por parte de su expareja.

En un momento de la entrevista, el periodista le realiza la clásica pregunta: “¿Por qué no lo denunciaste?”

Ella contestó: “Porque tenía vergüenza, me sentía culpable de lo que había vivido”

Esa frase quedó en mi cabeza: ¿Por qué una víctima puede sentirse culpable? 

Desde fuera, parece incomprensible. Pero una cosa es observar una situación y otra es estar viviéndola.

En este punto, surge una pregunta más amplia ¿Por qué la mayoría de las mujeres sienten culpa constantemente?

La culpa aparece en el día a día: culpa por comer, por no comer, por trabajar, por no trabajar, por estudiar, por postergar proyectos, por priorizarse o por dejarse de lado. Siempre parece haber un motivo para sentir culpa.

Si bien la culpa es una emoción, es a su vez un resultado social, que se ha elaborado a través del tiempo, teniendo fuerte influencia religiosa y cultural. 

No es aislada, está siempre presente. La culpa limita, desgasta y a veces nos controla.

En este sentido, la cultura ha construido, a lo largo del tiempo, imágenes opuestas de lo que significa “ser mujer”. En la religión católica, por ejemplo, aparece la figura de la Virgen María: pura y abnegada. En contraste, está Eva, asociada a la tentación, al error y al pecado.

Por lo tanto, existe en nuestro inconsciente femenino la figura de la mujer buena y la de la mujer mala. Entonces cuanto te sales de ese molde aparece la sombra de la culpa como principio rector de nuestras vidas.

Vivir desde la culpa es dañino, ya que no nos permite disfrutar y una vida sin disfrute no tiene sentido. Sabemos, que es imposible eliminar la culpa, lo importante es aprender a dirigirla y controlarla para que sea una fuente de limites conscientes, pero no una emoción castigadora.

Entonces cuando aparezca la culpa, preguntémonos objetivamente ¿Mi actuar refleja un error real o una expectativa establecida culturalmente que intento cumplir?

Tal vez, en esa pausa, comienza la posibilidad de vivir con más libertad y menos exigencia.