¿A qué se dedica actualmente y cuál es su formación?
Me dedico a la sostenibilidad corporativa y a la consultoría en gestión y medición de impacto social. Tengo un poco de «doble sombrero», porque trabajo tanto con empresas como con entidades sin ánimo de lucro. Además, dedico parte de mi tiempo a la docencia, como profesora de inversión de impacto y responsabilidad social corporativa en la Universidad Nebrija de Madrid.
Mi inquietud por entender el mundo y la cooperación internacional me llevaron a estudiar Ciencias Políticas, especializándome en estudios europeos. Tras pasar por el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, cursé un máster en Cooperación Internacional, Gestión de Proyectos y Políticas Públicas.
Tras pasar por varios proyectos de verificación de impacto social, me cansé un poco de «qué bonito eso que haces» y decidí estudiar un máster en Gestión y Medición de Impacto Social. Ese máster supuso un salto dentro del ecosistema de proyectos sociales: ahora puedo medir, a través de datos y metodologías estandarizadas, el valor social real de los proyectos.
¿Cuáles son los retos a los que ha tenido que hacer frente en su carrera profesional, y qué ha aprendido de ellos?
Uno de los retos más importantes ha sido entrenar mi propia visión a largo plazo en los proyectos en los que me involucro, especialmente en países de Hispanoamérica, donde este enfoque es imprescindible. Pensar en soluciones estratégicas que sean efectivas y duraderas una vez «abandonamos» el proyecto, esa operación de «salida» de proyecto ha sido quizás de lo más retador para mí.
Me gusta trabajar con personas, y tengo la gran suerte de lidiar con múltiples perfiles, a veces fáciles, y otras no tanto. Creo que esto es precisamente lo que te obliga a dar un paso atrás, analizarte a ti mismo y hacer el esfuerzo de entender a los demás, saber ceder y gestionar las relaciones humanas.
Trabajar en entornos internacionales también me ha permitido salir de mi burbuja eurocentrista e invertir tiempo en investigar y entender diferentes enfoques culturales y miradas distintas. Siento verdadera curiosidad por comprender cómo piensan y perciben la información otras personas, y cómo integran los procesos y su enfoque personal en las tareas y retos del día a día.
¿Cuál ha sido su desafío profesional más difícil y cómo lo superó?
Durante la época del COVID, como a mucha gente, nos tocó reinventarnos. Siempre había dado por hecho que el manejo de las herramientas tecnológicas me quedaba fuera, sin ningún motivo aparente. Pero la pandemia me hizo pensar en los retos de mi sector, y me di cuenta de lo fundamental que era la trazabilidad de los datos para el sector social.
Llevaba tiempo dándole vueltas a preguntas que me tenían un poco obsesionada: ¿Qué es mejor, ayudar poco a muchos (escala) o ayudar mucho a pocos (profundidad, duración del cambio)? ¿Qué tiene más impacto, actuar desde lo local o con intención global desde el inicio? ¿El impacto social es más sostenible cuando se genera desde modelos empresariales, o el cambio social se sostiene mejor cuando la entidad sale y son las comunidades quienes se lo apropian?
Para resolver esto, tenía que enfrentarme a la tecnología aplicada al sector social: dedicar tiempo, buscar fuentes y llevarlo a la práctica en los proyectos. El blockchain llamó especialmente mi atención. Una tecnología que permite digitalizar y trazar en todo momento dónde está el dinero tiene todo el sentido en un sector que se basa, precisamente, en la confianza.
Entenderla fue como una telenovela: tuve fases más difíciles que otras, me frustré mucho, pero decidí que la única manera de resolver este reto era salir de mi zona de confort, dedicarle tiempo y aprender.
¿Qué consejo daría a los jóvenes profesionales de su disciplina?
Que se hagan preguntas, que se cuestionen a sí mismos, pero también a sus referentes y colegas profesionales. Que no den nada por sentado y que cuestionen incluso los relatos en los que más cómodos y seguros se sienten.
Y, sobre todo, que sepan admitir cuando se equivocan. Es increíble lo importante que es eso de reconocer nuestros errores: un simple «lo siento, fallo mío» puede abrir más puertas profesionales que la razón forzada.

¿Puede destacar una lección de liderazgo que haya vivido y considere fundamental?
El día a día de mis proyectos es muy volátil: un mes estoy volcada en un proyecto de energía, al mes siguiente estudiando a fondo la Ley de Costas nacional para elaborar un diagnóstico ambiental, y al otro liderando un proyecto sobre el valor social de la educación. Lidiar con el día a día de sectores tan apasionantes como complejos, sin perder nunca de vista el objetivo social, ha sido en sí mismo un aprendizaje constante de liderazgo.
Pero si tengo que quedarme con una lección concreta, es la de saber «traducir» el impacto social a un lenguaje que los equipos directivos y los entornos corporativos puedan entender y valorar. No siempre es fácil hacer ver que la rentabilidad puede ir acompañada de un retorno social, y ahí es donde creo que un buen líder no impone esa visión, sino que construye puentes: entiende las prioridades del negocio, habla su mismo idioma en términos de datos y resultados, y desde ahí defiende el valor de lo social con el mismo rigor que se defiende cualquier otro indicador de negocio.
¿Dónde pueden encontrarla para conectar o colaborar?
