Susana Gómez Zuloaga es académica universitaria, doctora en Educación con mención en Política y Gestión Educativa, con más de veinticinco años de trayectoria que abarca la primera infancia, la educación inclusiva y la educación superior.
Su formación refleja el compromiso sostenido con la diversidad y la equidad educativa. Investigadora activa, coordina proyectos de transferencia tecnológica e innovación pedagógica tanto en Chile como en universidades latinoamericanas. Participa en procesos de acreditación de programas de pregrado y postgrado, aportando su experiencia en gestión educativa y aseguramiento de la calidad. Su trabajo une rigor investigativo con una vocación profunda por formar formadores que transformen la educación desde adentro.
¿A qué se dedica actualmente y cuál es su formación?
Mi formación recorre distintos niveles y ámbitos de la educación: soy Educadora de Párvulos, Psicopedagoga y Profesora de Educación Básica. A eso se suma un Magíster en Intervención Psicosocial con mención en Mediación de Conflictos y un Doctorado en Educación con mención en Política y Gestión Educativa. Esa trayectoria formativa no es casual: refleja una convicción que ha guiado mi carrera, que la educación debe entenderse desde sus primeras etapas hasta sus expresiones más complejas, y que la diversidad del aprendizaje humano exige miradas múltiples.
¿A qué se dedica actualmente y cuál es su formación?
Hoy me dedico a la investigación educativa, a la docencia en programas de pregrado y postgrado, y a coordinar un proyecto de transferencia tecnológica en educación superior. Además, asesoro instituciones en procesos de acreditación, trabajo que me permite conectar el rigor de la investigación con las necesidades concretas de la gestión académica. En todo lo que hago, hay una pregunta de fondo que no cambia: cómo mejorar lo que ocurre realmente en las aulas y en las instituciones que forman a quienes educan.
¿Cuáles son los retos a los que ha tenido que hacer frente en su carrera profesional, y qué ha aprendido de ellos?
El primero fue ganarme un lugar en la academia. No fue sencillo. En más de una ocasión encontré jefaturas femeninas que, paradójicamente, vivían mi presencia como una amenaza. Eso duele distinto: esperamos sororidad y encontramos competencia. Aprendí que el liderazgo inseguro, sin importar el género de quien lo ejerce, reproduce exactamente los mismos daños que dice combatir.
El segundo reto ha sido trabajar en innovación y transferencia tecnológica dentro de instituciones que no siempre tienen cultura de innovación. Cuando propones algo que no existe todavía, la resistencia es la primera respuesta. Aprendí a construir evidencia antes de argumentar, y a encontrar aliados antes de buscar aprobación.
¿Cuál ha sido su desafío profesional más difícil y cómo lo superó?
Liderar en entornos que no son nutritivos ni bientratantes. He trabajado en contextos donde el clima institucional era adverso: la presión sin reconocimiento, la exigencia sin reciprocidad. Superarlo no fue heroísmo. Fue resiliencia con sentido: sostenerme en la claridad de para qué hago lo que hago, rodearme de las personas correctas, y negarme a que el entorno me definiera. Hay algo que aprendí tarde pero con claridad: las condiciones externas no determinan tu integridad profesional. Tú decides eso.
¿Qué consejo daría a los jóvenes profesionales de su disciplina?
Dos cosas.
Primero: sean constantes. El talento sin consistencia no llega lejos. Lo que diferencia a quienes perduran no es la brillantez de sus ideas, sino la disciplina de seguir cuando nadie está mirando.
Segundo: pónganse metas. No como mandato externo, sino como arquitectura interna. Saber hacia dónde vas te permite decidir qué vale tu tiempo y qué no. Y en un mundo académico que puede volverse fragmentado y reactivo, tener un norte propio es un acto de liderazgo personal.
¿Puede destacar una lección de liderazgo que haya vivido y considere fundamental?
Sí. Y viene de este último tiempo.
Coordinar el Proyecto de Transferencia Tecnológica bajo el liderazgo del jefe de Transferencia Tecnológica de una de las instituciones de educación superior más grandes de Chile ha sido una experiencia transformadora. No porque el apoyo haga el trabajo más fácil, sino porque confirma algo que a veces olvidamos: el liderazgo no ocurre en solitario. Ocurre en relación. Cuando alguien con autoridad institucional real te dice «confío en ti, adelante», eso no te da permiso. Te da pertenencia, y desde ahí, se lidera distinto: con más valentía, con menos miedo al error, con más disposición a innovar de verdad.
Esa experiencia me enseñó que el liderazgo más poderoso no es el que concentra decisiones, sino el que distribuye confianza. La lección es simple y profunda a la vez: busca contextos donde el liderazgo sea colectivo. Y cuando lo encuentres, cuídalo.
¿Por qué seguir apostando por la innovación en educación cuando los sistemas cambian tan lentamente?
Porque la lentitud del sistema no es razón para detener el pensamiento. Los sistemas cambian desde adentro, desde las personas que se niegan a hacer siempre lo mismo. Yo llevo más de veinticinco años en la educación y todavía me apasiona lo que no existe. Eso no es ingenuidad. Es convicción. Creo que cada docente que transforma su práctica abre una grieta en lo establecido. Y las grietas, con tiempo y consistencia, se vuelven caminos.

¿Dónde pueden encontrarla para conectar o colaborar?
La mejor manera de encontrarme es a través de LinkedIn: , donde comparto reflexiones sobre educación, investigación e innovación pedagógica.
También pueden escribirme directamente al correo susanafabiolagomezzuloaga@gmail.com.
Siempre estoy dispuesta a conversar sobre investigación, innovación pedagógica, inteligencia artificial en educación o liderazgo académico.
Las colaboraciones más significativas han comenzado con una conversación sencilla.
