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Entrevista: Diana Macías Reslen

¿A qué te dedicas actualmente y cuál es tu formación?

Soy abogada especialista en Derecho Administrativo, con estudio en Gobierno y Políticas Públicas y resolución de conflictos. Actualmente me desempeño como Asesora Legal en la Procuraduría General de la Nación, en temas de conciliación.

Pero mi trabajo no se agota en el cargo institucional. Soy también fundadora del Instituto de Desarrollo Lluvia Di Oro Development Institute, creadora de las metodologías Figuras de Acción®, Conciliación Humanista® y el Marco IMPACT, y fundadora del Congreso Mujeres Líderes en Colombia, que en 2026 cumple 9 años.

A lo largo de más de 24 años en el sector público colombiano he gestionado más de 1.100 casos de conflictos y acompañado la reorganización de más de 16 entidades públicas en sectores tan distintos como salud, vivienda, transporte, cultura y educación. Todo ese recorrido me condujo a una convicción que hoy define mi trabajo: la paz no es un resultado jurídico. Es una práctica cotidiana de liderazgo consciente. Y se construye desde adentro.

¿Cuáles son los retos a los que has tenido que hacer frente por ser mujer y qué has aprendido de ellos?

Los retos han sido de dos tipos: los que se ven y los que casi nadie menciona.

Los que se ven son los que cualquier mujer en posición de autoridad institucional reconocerá: llegar a una mesa de negociación y ser la única mujer, o la más joven, o ambas cosas a la vez. Tener que demostrar criterio técnico antes de que te lo reconozcan, mientras un colega hombre puede enunciarlo y que simplemente se le crea. Gestionar equipos donde la autoridad femenina genera resistencias que rara vez son explícitas pero siempre están presentes.

Lo que aprendí de todo eso es que la autoridad no se pide. Se ejerce. Y que hacerlo con coherencia, conocimiento y presencia sostenida en el tiempo es la única forma de construir credibilidad que no dependa de la validación de otros.

¿Cómo has abordado la posible dificultad por tu género en el ámbito profesional?

Tomando decisiones que no siempre fueron cómodas para quienes esperaban otro tipo de liderazgo.

Decidí no minimizarme para encajar. No bajar el tono, no suavizar el criterio, no pedir disculpas por ocupar espacios. Pero tampoco adopté un estilo de liderazgo que no me pertenecía. No me convertí en una versión más dura o más fría de lo que los hombres en mi campo solían ser. Eso habría sido otra forma de rendirme.

Lo que hice fue desarrollar un liderazgo propio: riguroso en lo técnico y profundamente humano en el trato.

Aprendí que la escucha activa no es debilidad, que nombrar el conflicto antes de que escale no es ingenuidad, y que construir confianza en entornos institucionales complejos es una habilidad que muy pocos, hombres o mujeres, cultivan conscientemente.

Esa decisión de ocupar espacios también me llevó a participar directamente en la vida política de mi país. Fui candidata a la Gobernación del Atlántico y posteriormente a la Cámara de Representantes de Colombia.

Y esa experiencia me permitió comprender el poder desde un lugar que difícilmente se conoce desde afuera.

Participar en política siendo mujer no consiste solamente en tener preparación, liderazgo o una propuesta sólida. También significa aprender a construir respaldos, generar confianza, movilizar recursos, dialogar con organizaciones políticas y conectar una visión propia con las realidades del territorio. Para una mujer que llega con trayectoria profesional, criterio independiente y una voz propia, ese proceso puede ser particularmente exigente.

Yo decidí vivirlo. Y conocí de primera mano una arena que demanda mucho más que capacidad: exige resistencia emocional, recursos, exposición pública, capacidad de construir consensos y, sobre todo, la fortaleza para sostener las propias convicciones mientras se aprende a dialogar con quienes piensan diferente.

Esa experiencia transformó mi manera de comprender el liderazgo femenino. Hoy no creo que sea suficiente celebrar que más mujeres lleguen a la política. Tenemos que preguntarnos qué condiciones estamos construyendo para que mujeres provenientes de distintos sectores, territorios y trayectorias puedan competir, participar y ejercer liderazgo con verdadera capacidad de decisión.

Porque la democracia también se fortalece cuando amplía las posibilidades de participación.

América Latina necesita más mujeres preparadas para gobernar, capaces de construir acuerdos sin perder su identidad, de relacionarse con las instituciones políticas sin renunciar a su criterio y de comprender que la independencia no significa aislamiento: significa tener la capacidad de dialogar, construir consensos y, al mismo tiempo, conservar una voz propia.

Mi experiencia política, incluso sin haber alcanzado los cargos a los que aspiré, no la considero una derrota. Fue una de las experiencias de liderazgo más exigentes de mi trayectoria. Me permitió comprender desde dentro la complejidad del acceso al poder y confirmó una convicción que hoy atraviesa mi trabajo: no basta con invitar a las mujeres a participar; necesitamos fortalecer sus capacidades para que puedan competir, construir respaldos, ejercer poder con autonomía y contribuir a transformar las instituciones desde adentro.

¿Cuál ha sido tu desafío profesional más difícil y cómo lo superaste?

El proceso de liquidación de 17 entidades descentralizadas del Distrito de Barranquilla entre 2008 y 2015 fue, sin duda, el más exigente de mi trayectoria.

No por su complejidad jurídica o financiera, aunque fue enorme. Sino porque muy pronto comprendí que detrás de cada expediente había una persona. Detrás de cada cargo había una familia. Y detrás de muchas de esas personas había años de incertidumbre, desgaste y frustración acumulados dentro de instituciones que habían perdido su capacidad de cumplir el propósito para el cual fueron creadas.

Vi miedo. Vi rabia. Vi personas profundamente afectadas por la pérdida de su trabajo. Recibimos archivos desorganizados, procesos sin estructura y organizaciones debilitadas. Pero lo que encontré debajo de ese desorden documental fue algo más profundo: había personas heridas dentro de instituciones heridas.

Lo que ese proceso me enseñó es que una decisión puede ser jurídicamente correcta y humanamente devastadora si no se gestiona con conciencia. Que reorganizar una institución sin transformar las dinámicas humanas que produjeron sus problemas es solo aplazar el conflicto. Y que el liderazgo real no consiste en ejecutar decisiones difíciles, sino en hacerlo sin deshumanizarse en el camino.

Mucho de lo que hoy desarrollo en Figuras de Acción® y en Conciliación Humanista® tiene sus raíces en esa experiencia.

¿Cómo percibes el desarrollo del liderazgo femenino en América y cuáles son los desafíos actuales?

Veo una generación de mujeres que ya no está pidiendo permiso para liderar. Eso es un avance real y no menor.

Pero también veo un riesgo: que confundamos visibilidad con poder. Que celebremos la presencia de mujeres en los escenarios sin preguntarnos si las condiciones que enfrentan han cambiado de verdad.

El desafío más profundo no es de cupos ni de representación, aunque eso también importa. Es de formación. América Latina necesita mujeres preparadas para ejercer poder con criterio, conciencia e independencia. Mujeres que comprendan que ejercer liderazgo no consiste solamente en llegar, sino en preguntarse qué cambia porque ellas estuvieron ahí.

Y ese tipo de liderazgo no se improvisa. Se construye con conocimiento, con resultados, con consistencia y con la disposición de transformar las instituciones desde adentro, no solo de habitarlas.

¿Puedes destacar una lección de liderazgo que consideres fundamental?

Que no puedes liderar hacia afuera aquello que todavía no has aprendido a transformar adentro.

He visto líderes técnicamente impecables que reproducen en sus equipos exactamente los conflictos que dicen querer resolver. He visto instituciones que hablan de paz y operan desde el miedo. He visto mujeres que llegaron a espacios de poder y replicaron los mismos modelos de autoridad que tanto daño les hicieron a ellas.

El liderazgo verdaderamente transformador comienza cuando comprendemos que el poder no consiste únicamente en nuestra capacidad de decidir, sino también en nuestra capacidad de generar condiciones para que otros puedan crecer, participar y aportar.

Esa es la base de Figuras de Acción®: un proceso de cinco fases — Despertar, Reconocer, Sanar, Liderar y Trascender — que parte de la convicción de que la transformación sostenible comienza siempre en la persona.

Después de más de 24 años trabajando con personas, conflictos e instituciones, ¿qué transformación quieres impulsar en los próximos años?

Quiero contribuir a cambiar la manera en que entendemos y ejercemos el liderazgo.

Durante muchos años trabajé sobre las consecuencias: conflictos que había que resolver, instituciones que necesitaban reorganizarse, decisiones complejas que debían tomarse y personas que necesitaban volver a confiar. Con el tiempo comprendí que muchos de esos problemas no comienzan en las estructuras.

Comienzan mucho antes: en la forma en que las personas ejercen el poder, gestionan sus emociones, enfrentan el conflicto y se relacionan con los demás.

Por eso, la siguiente etapa de mi trabajo está orientada a llevar esa experiencia acumulada a una escala mayor: formar líderes, acompañar instituciones y desarrollar metodologías que permitan integrar resultados, conciencia y capacidad de transformación.

Me interesa especialmente trabajar con mujeres que están llegando a posiciones de decisión. No solamente para ayudarlas a ocupar esos espacios, sino para que puedan ejercer el poder sin tener que renunciar a sí mismas ni reproducir modelos de liderazgo que ya demostraron sus límites.

Quiero que Figuras de Acción®, Conciliación Humanista® y el trabajo que desarrollamos desde Lluvia Di Oro Development Institute puedan convertirse en herramientas aplicables en distintos contextos de América Latina.

Porque después de más de dos décadas trabajando dentro de las instituciones llegué a una conclusión muy sencilla: podemos reformar normas, modificar estructuras y diseñar mejores políticas públicas, pero ninguna transformación será verdaderamente sostenible si quienes tienen la responsabilidad de liderarla no se transforman también.

Ahí está el trabajo que quiero hacer en los próximos años.

Y ahí cobra todo su sentido la convicción que hoy orienta mi vida profesional: la paz se construye desde adentro.

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