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Artículo: Perla Kosút 2

Liderazgo, Recursos Humanos y el desafío de sostener el rumbo.

«En una época que premia la velocidad y la novedad, el verdadero desafío del liderazgo quizá no sea cambiar más, sino sostener con criterio aquello que realmente transforma.»

Por Perla Kosút.

Pocas ideas han influido tanto en las organizaciones contemporáneas como la convicción de que cambiar es siempre sinónimo de progresar. Durante décadas, esa premisa impulsó avances extraordinarios. Gracias a ella, las empresas incorporaron nuevas tecnologías, revisaron sus modelos de gestión y comprendieron que adaptarse era una condición indispensable para conservar su competitividad.

Sin embargo, toda idea llevada al extremo termina perdiendo equilibrio.

Hoy vivimos en un contexto en el que la innovación parece haberse convertido en un fin en sí mismo. Cada semana surgen metodologías, herramientas digitales, enfoques de liderazgo y soluciones basadas en inteligencia artificial que prometen transformar la forma de trabajar. En ese escenario, permanecer demasiado tiempo en una misma dirección suele interpretarse como señal de inmovilismo, mientras que modificar el rumbo transmite la impresión de estar avanzando.

Pero ¿avanzar y cambiar significan realmente lo mismo?

A lo largo de mi trayectoria profesional en Recursos Humanos he acompañado procesos de transformación, desarrollo de líderes y cambios culturales en ámbitos diversos. Esa experiencia me permitió observar una paradoja cada vez más frecuente: muchas empresas no encuentran dificultades para iniciar una renovación; el verdadero desafío consiste en sostenerla.

A menudo, los proyectos no fracasan porque hayan sido malas ideas, sino porque son sustituidos antes de demostrar su impacto. La búsqueda permanente de la siguiente solución termina desplazando a aquella que todavía comenzaba a generar resultados.

Quizá el problema no resida en la velocidad con que evoluciona el entorno, sino en la rapidez con que decidimos abandonar aquello que aún necesita madurar.

La psicología organizacional explica que tendemos a otorgar un valor especial a lo que percibimos como nuevo. La novedad despierta curiosidad, activa la atención y provoca la sensación de estar frente a una oportunidad. Ese mecanismo forma parte de nuestra manera de interpretar la realidad. Sin embargo, también puede llevarnos a confundir el entusiasmo inicial con una transformación verdadera.

En Programación Neurolingüística existe un principio especialmente vigente para el liderazgo: las personas no reaccionamos ante la realidad tal como es, sino ante la interpretación que construimos de ella. En otras palabras, nuestro «mapa» nunca es idéntico al territorio.

El mundo del trabajo tampoco es ajeno a este fenómeno.

Con frecuencia, se toman decisiones a partir de percepciones, tendencias o urgencias que parecen evidentes, sin detenerse a analizar si esas señales representan un giro necesario o apenas un estímulo pasajero. Cuando quien conduce confunde percepción con realidad, corre el riesgo de alterar prioridades antes de comprender plenamente las consecuencias de lo resuelto.

Peter Drucker sostenía que una responsabilidad central del líder consiste en decidir qué merece verdaderamente la atención de la organización. Esa idea adquiere hoy una relevancia particular. Nunca dispusimos de tantas posibilidades para innovar y, al mismo tiempo, nunca resultó tan difícil conservar el foco.

En muchas empresas, la agenda cambia con mayor rapidez que la capacidad de aprendizaje de los equipos. Cuando un grupo comienza a apropiarse de una metodología, aparece otra. Cuando un proceso empieza a consolidarse, surge una nueva prioridad. Cuando una herramienta comienza a ofrecer resultados, otra promete hacerlo mejor.

El riesgo no reside únicamente en la acumulación de iniciativas, sino en la pérdida del sentido de dirección.

Las empresas necesitan evolucionar, pero también requieren estabilidad. Deben innovar sin renunciar a la coherencia necesaria para que quienes las integran comprendan hacia dónde se dirigen y por qué ese camino merece ser recorrido. La confianza nace precisamente allí: cuando las decisiones responden a un propósito y no a la fascinación del momento.

Durante años admiramos a los líderes capaces de desafiar lo establecido. Hoy comenzamos a necesitar, además, referentes que sepan discernir qué merece transformarse y qué conviene preservar.

No todo lo nuevo representa una mejora.

Tampoco todo aquello que permanece constituye una resistencia al cambio.

La Programación Neurolingüística ofrece otro principio especialmente pertinente para comprender este desafío: la flexibilidad no implica cambiar de dirección ante cada estímulo, sino encontrar nuevas maneras de alcanzar un propósito que permanece claro. Un liderazgo flexible no modifica constantemente sus prioridades; adapta sus estrategias sin perder de vista el rumbo.

Transformar una empresa nunca ha consistido únicamente en modificar procesos. Supone ayudar a las personas a construir otra manera de comprender la realidad y actuar en consecuencia. Ese aprendizaje exige paciencia, coherencia y conducción.

La evolución no se produce solo por incorporar recursos novedosos. Ocurre cuando las personas encuentran un significado compartido que les permite convertir una decisión en una nueva forma de trabajar. Allí reside un papel esencial de Recursos Humanos.

Durante mucho tiempo, esta disciplina fue entendida como el área responsable de gestionar procesos, desarrollar competencias y acompañar transformaciones. Hoy su responsabilidad es más profunda: contribuir a preservar la coherencia institucional en un contexto que parece exigir modificaciones permanentes.

Innovar sigue siendo imprescindible. Pero no consiste en adoptar todas las tendencias disponibles, sino en distinguir aquellas que fortalecen la estrategia de las que responden únicamente a la presión del entorno.

Edgar Schein señalaba que la cultura organizacional no se define por lo que una empresa declara, sino por aquello que sus integrantes aprenden y repiten hasta convertirlo en su manera natural de hacer las cosas. Esa idea explica por qué los cambios más importantes no suceden durante el lanzamiento de un proyecto. Comienzan después, cuando disminuye el entusiasmo inicial y llega el momento de consolidar nuevos comportamientos.

La cultura necesita continuidad. La confianza también. Ninguna tecnología puede acelerar ese proceso, porque ambas se construyen mediante experiencias compartidas, decisiones consistentes y permanencia.

La irrupción de la inteligencia artificial ofrece un ejemplo claro. Su potencial para optimizar procesos, ampliar capacidades y facilitar la toma de decisiones es indiscutible. Sin embargo, toda innovación tecnológica plantea una pregunta que trasciende la herramienta: ¿para qué queremos utilizarla?

Cuando la conversación gira únicamente alrededor de la tecnología, corremos el riesgo de relegar aquello que debería orientar cualquier elección: el propósito.

La inteligencia artificial puede procesar información a una velocidad imposible para un ser humano, identificar patrones y analizar grandes volúmenes de datos. Pero sigue existiendo una competencia profundamente humana que ninguna tecnología puede reemplazar: otorgar significado, comprender el contexto y actuar con criterio.

La prosperidad de una empresa no depende de la rapidez con que decide, sino de la calidad de sus elecciones y de la consistencia con que las sostiene.

Esa calidad depende de las preguntas que sus líderes son capaces de formular. En Programación Neurolingüística solemos afirmar que una buena pregunta amplía el mapa desde el cual interpretamos la realidad. También en el ámbito laboral, las preguntas abren posibilidades que las respuestas automáticas suelen cerrar.

Quizá por eso el liderazgo del futuro no se distinguirá por la cantidad de recursos tecnológicos que incorpore, sino por la capacidad de utilizarlos sin perder de vista a las personas.

Las personas no se comprometen solo con una estrategia. Lo hacen con el significado que esta adquiere para ellas y con la confianza que les inspiran quienes la conducen.

En un entorno donde todo compite por captar nuestra atención, conservar el foco se convierte en una ventaja competitiva.

Liderar también significa decidir qué no hacer. Implica proteger aquello que genera valor, aunque haya dejado de ser una novedad, y comprender que la perseverancia no se opone a la innovación: es la condición necesaria para que esta produzca resultados sostenibles.

Después de muchos años acompañando empresas y equipos, estoy convencida de que el liderazgo que marcará la diferencia será menos impulsivo y más reflexivo; menos preocupado por seguir cada tendencia y más comprometido con construir culturas sólidas, en las que el aprendizaje, la confianza y el propósito orienten las decisiones.

Quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo: cuanto mayores son las posibilidades de transformar el mundo del trabajo, más necesario resulta desarrollar el criterio para decidir qué merece cambiar y qué debe permanecer.

Las instituciones que dejan huella no persiguen cada tendencia que aparece. Aprenden sin perder su identidad, innovan sin renunciar a su propósito y avanzan sin confundir movimiento con transformación.

Porque el verdadero liderazgo no consiste en cambiar por cambiar. Consiste en reconocer aquello que merece ser transformado y sostener lo que, aun cuando deja de ser una novedad, continúa siendo el camino correcto.